viernes, 8 de enero de 2016

9ª Etapa: PEREJE-FONFRIA 40 km (Camino Francés)

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Una bella peregrina en La Faba

Una noche perfecta y un lugar tranquilo eso fue lo que nos deparó el Albergue Vecinal de Pereje, en cual a la hora en que canta el gallo, o si acaso sin cantar ya oímos los primeros trajines de nuestros compañeros de alojamiento. Eso sí todo muy sigiloso, aunque ello no me quitó de volver pensar ¿A dónde iban estas maduras italianas tan pronto?

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Tras un duermevela, nos desperezamos, y tras prepararnos el café y el té correspondiente acompañado de unas galletas, y proceder al lavado de los correspondientes cacharros, nos pusimos en marcha, pues la etapa que teníamos prevista tenía como referente el alto del Cebreriro, para dormir un poco más allá.

Pero antes había que ganar toda la carretera que media entre Pereje y Las Herrerías, o sea un largo acompañamiento entreverado enhebrando tanto el río Valcarce como los viales Nº VI y la Autovía A-6, infraestructuras y fenómenos naturales que serían nuestros compañeros durante unos largos 15 kilómetros.

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Empezamos a caminar a eso de las 9,30 de la mañana, entreteniendo el pateo con fotos y más fotos, contemplando el desfile de nuestros compañeros jacobitas con algo de prisa unos bien andando y otros, los menos, en bicicleta. Estamos en Septiembre camino de Octubre, y la afluencia de extranjeros es notable, y es una cosa que nos empezó a llamar la atención ya en Columbrianos, la cantidad sobre todo de extranjeras, jóvenes y maduras, y ya pasados los 60 años edad, y de diversas nacionalidades sobre todo la gran mayoría eran ingleses, alemanes, brasileñas y luego ya muy puntualmente algunas coreanas y japonesas.

La explicación de su presencia, se debe según nos fuimos enterando por conversaciones con algunos de ellos en un mal castellano, pues en el caso de Brasil, por la publicación de P. Coelho sobre El Camino de Santiago (Diario de un mago),; las japonesas a su vez nos hablaron de una extraordinaria promoción del Camino en sus tierras, tal vez tenga algo que ver tal hecho con el hito colocado en Molinaseca en japonés, además de una importante serie de rutas de peregrinaje que se están abriendo en Japón.

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Del resto no sacamos nada en claro, salvo lo que nos indicó la ya vieja amiga canadiense acerca de las dificultades de hacer algo similar en Canadá, debido a los esfuerzos, los desniveles y las longitudes y los costos económicos, mientras que el Camino Francés para ella era muy forma de caminar de hacer ejercicio muy cómoda, porque podía hacerlo sola, estructurar las etapas de forma flexible y con reconocidas comodidades y seguridad, y como al poder contar con numerosos albergues, bares y restaurantes, y sobre todo pese al pasaje de avión a buenos precios, y todo ello jalonado por hitos de una antigua cultura histórica y una importante mítica.

El itinerario trazado para esta etapa va serpenteado entre lo ya comentado enlazando pequeños núcleos, que nos recuerdan una y otra vez, viendo los posibles desvíos hacia los míticos Ancares lo cerca que estamos de nuestra tierra. A medida que avanzamos no podemos olvidad que estos territorios fueron tierra de templarios de cuya importancia y presencia es difícil darse cuenta, primero porque los pueblos ubicados en la ruta viven al margen de tales hecho y leyendas, esto no es Francia, y desde luego desde antaño se arrasó con todos los vestigios históricos, lo hace extraordinariamente difícil poder ver alguna huella en un estado que merezca la pena, o revivificar algún hecho..., hasta las misma leyendas han sido desfiguradas hasta llegar a hacer tabla rasa o romano o moro.

Pasamos el pueblo de Trabadelo que nos aportó al paso algún encuadre fotográfico interesante, y conversación con los mayores del lugar que nos refirieron sus andanzas minero- siderometalúrgicas por las tierras astures,...Lo cierto es que es un lujo en estos pequeños pueblos ver la vida cotidiana de los vecinos y si relación con el mundo jacobita.

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Desde Trabadelo se van alcanzando otras poblaciones, como Portela de Valcarce, a cuyas puertas nos recibe un marmóreo Santiago, a cuyos pies, nos indica que a Compostela todavía median unas cuantas leguas, unos 190 km. Foto ante el monumento y proseguimos viaje, viendo como los gallegos o colindantes a la frontera galllego-berciana, le exprimen el jugo al Camino, como el vendedor de bastones para jacobitas, el cual desde un principio estuvo muy interesado en comprarle el suyo a Maki.

Tras algunas chanzas y mercadeos que no nos llevaron a buen puerto, pues había un bordón de buen factura hecho a la antigua que me gustaba, pero tras llevar durante tantos días mi vara de bambú, ligera y flexible, no estaba por la labor de tirarla dado los cuidados que le fui prodigando y los buenos servicios que me prestó, por tanto a modo de peregrino-ermitaño seguí con mi vara-bordón de bambú camino adelante, con la cantinela de Maki, el cual s sentía orgulloso de su bordón labrado, aunque pesara un quintal.

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Tras Portela vino La Vega, donde mercamos para el camino, una excelente hogaza pan de trigo y centeno, de la dimos cuenta en Rutilan que acompañamos con queso y embutidos y algún que otro estruje a nuestra buena bota de vino, y a cuyo festín invitamos a algunos jacobitas que pode delante de nuestra mesa pasaban, pero supongo que tanto tono baturro, les asustó, pues ellos eran por lo que íbamos viendo más de cazuelitas de ensaladas, y huevos cocidos.. Seguimos a lo nuestro, siendo fruto de los objetivos fotográficos de nuestros compañeros de fatigas, que supongo les hacía gracia tanto barroquismo «made spain».

Recuperamos pues la traza caminera la cual fuimos entreteniendo sacando fotos a los cementerios de estos pueblos, carcomidos por la uniformidad del mármol y los nichos, producto de una homogeneización del enterramiento propiamente dicho, ningún rastro de posibles jacobitas muertos en el tránsito del Camino, hay que decir que los restos que nos quedan son más bien documentales anexionados a los viejos hospitales o las parroquias que más fraternas se mostraron recogiendo a los exhaustos peregrinos algunos de ellos al cabo de su pase al pase al Oriente Eterno.

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Por otro lado, aunque uno de los motivos de este viaje era reproducir los Cementerios del Camino, en una suerte de Vida y Muerte en el Camino, este objetivo a veces se me resistió, pues en ocasiones es tremendamente difícil poder fotografiar estos camposantos rurales, pues ignoro porqué extraña razón, algunos de ellos están cerrados a cal y canto, motivo por el cual algunos de ellos tuve que fotografiarlos s desde las mismas puertas o cancelas.

Llegados al núcleo de Las Herrerías con unos 15 kilómetros andados por el valle del Valcarce en nuestro eterno peregrinar hacia el Oeste, nos tocaba desviamos hacia La Faba, dejando la Nacional VI para entrar en una suerte de carreteras locales que por El Hospital, que tomo nombre dicen de una instalación que hubo dedicada a jacobitas Ingleses pertenecientes a las huestes de Enrique II de Plantagenet, de cuyos recuerdo, señor y hospital, solo queda unas ya mancilladas reseñas en los libros y guías.

Tras unos kilómetros dejamos el pestoso asfalto para entrar en suelos más idóneos para esto del caminar, como son los firmes de tierra, ganando al monte leguas para llegar a la «tierra dulce» de la gallaecia.

Se deja atrás el desvío ya mencionado y empiezan los contrastes que tanto me gustan y que se enseñorean a lo largo del mundo rural, y cuyos detalles o motivos van desde la vieja lavadora abandonada a pie de calle y útil para cerrar el gallinero, o la placa pegada en una columna, o sea que se llevó la placa y el cemento, y allí quedó grabada para visión el mensaje que alguien colocó en su dia: Viver em verdade tamb, faz sofrer, e este sofrimento que enobrece cada vez mais um espirito correto – Siba.

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Tras un fuerte repecho por asfalto con compañías que prefirieron el duro conglomerado a las «corredoiras galegas», entramos Maki, y yo mismo, por estos caminos de antaño despreocupados del mundo mundial, y como no, gozando de nuevo de la fuerte naturaleza que nos rodeaba. donde el castaño y el roble son dueños y señores, aunque estos no estén tan cuidados como el alto Bierzo.

Maki, se echa camino adelante, y le doy cuerda y distancia, pues me gusta disfrutar de esta sutil subida, que todos califican como «terrible» y que sin embargo es un trasiego interesante por varias razones, la primera porque este recorrido nos devuelve a parajes naturales sin autovías o carreteras; segundo porque entramos en el reino de la magia y la mística. Este trayecto lo percibo como una transición entre la adustez castellana del templarismo, tan duro y seco mostrados en muchos motivos y personajes como los caballeros y clérigos mesetarios que pulularon por estas tierras, en contraste con la dulce melancolía de la gallecia, donde lo caballeresco deja paso no a los eremitas, que también, ya que por aquí anduvo San Froilán, los cuales conviven con extraños obispos peregrinos, anunciadores de una nueva vida de paz y fraternidad, pues no en vano estamos en las tierras y predios del priscilianismo.

Tanto Maki como yo, ya juntos de nuevo, fuimos disfrutando de las «corredoiras», por las cuales le iba a mi querido hermano mis trasiegos por estos trayectos que a medida que íbamos ascendiendo por la vieja calzada, que no sé sí romana o medieval, pero antigua sí que lo es, daba a mi relatos un cariz importante a la vez que una impresionante visión sobre los plácidos y oblongos valles gallegos tan queridos como a veces añorados.

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Vamos marcando en la ascensión un pausado ritmo, para disfrutar como peregrinos de una extraña mística heterodoxa, escudriñando cada rincón, disfrutando de la subida y sus paisajes, recordando las viejas traiciones druídicas, quedando sorprendidos de ante alguna que otro pintoresco emplazamiento petitorio a la par del trazado, en cuya solitaria mesa, unos carteles bastante mal escritos se solicitaba ayuda para otras extrañas peregrinaciones, mientras los susodichos mendicantes peregrinatios, dormían a pata suelta a eso de la hora sexta.

Como era de esperar en estos entornos comienza la distancia canónica para ganar las indulgencias, y se empiezan a ver algunos peregrinos, o sea de esos de «fin de semana» a los cuales encontramos arremolinados, al igual que los grupos ingleses, en el lugar de la Faba, parapetados alrededor de frescas jarras de cerveza. Grupos de maduros y maduras, alguna en picardiosa postura de enseñar las intimidades ante cuya ajena y atenta mirada de los mirones, no se cortan un duro, por aquello de que nadie debe mirar lo que no debe, debiendo por otro lado sentirse orgullosas poseedoras de preciados dulces carnales.

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Disfrutamos pues de ese ambiente de francachela donde lo místico bien vale una cerveza, y tras concluir también nuestro merecido caldo de cebada, pusimos rumbo al Cebreiro, en cuyo tránsito nos pasaron algunos «peregrinos» que más parecían maratonianos desnortados que otra cosa, pues asó lo cantaba su atuendo y definidas líneas morfológicas, además de sus complementos como los camelback o sus ajustadas mallas, y como las velocidades de crucero que algunos llevaban además de la infíma mochila , comparadas con las nuestras que sobrepasaban los 10 kg cada una, además de acompañar sus andares con sus cantarines móviles en modo strava, Maki quedaba flipando, pues para él, todo esto era nuevo.

Los minifundios de la gallaecia fueron haciendo aparición a medida que íbamos ganando altitud, a la vez que recogíamos cosas curiosas como la puerta con dos pétreas caras y una cruz en medio, o yendo a cosas más naturales hicieron aparición las sempiternas berzas gallegas... por otro lado la traza caminera está salpicada de hitos fronterizos, como ese impresionante que se levanta a modo de frontera en la demarcación lucense, que ya nos indica varias cosas, que la Galicia administrativa comienza en ese punto, cuando en realidad algunos kilómetros más abajo ello ya es una realidad, además de mal avisarnos de que el sentido de las flechas santiagueras, cambian de orientación, cosas en general que importan un pepino al caminante que va disfrutando de maravillosos paisajes, haga frío o calor, como es el caso.

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Al final dimos de este bello recorrido dimos con nuestros huesos en el Alto del Cebreiro, entrando de este modo en las tierras priscilianistas, digan debió de ser la alegría cuando los compañeros y discípulos de Prisciliano se vieron aquí con el cadáver, supongo que momificado, después de su larga peregrinatio mortuoria desde Tréveris con su Maestro a cuestas.

Lo cierto que a este enclave griálico del Cebreiro entré de forma heterodoxa, pues lo primero que recorrí fue su cementerio, que es una pieza singular, con todas las tumbas iguales, uniformidad lograda en base a una gran losa de pizarra cerrando el enterramiento en tierra.

Entré como decía de forma poco ortodoxa a este enclave de griales por doquier, aquí se haya el tercero, los otros están en León y en S. Juan de la Peña, pues como digo le di la vuelta desde el ábside al atrio por la derecha hacia el emplazamiento del busto del párroco Valiña, recuperador del Camino de Santiago del siglo XX, tras sus desaparición tras muchos siglos de abandono.

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Empecé del revés algo que los místicos no han contemplado, ignorando a estas alturas sí he desarrollado el soplo de Dios que debe recibir el peregrino en el Cebrerio, pues ignoro si lo hice por lado «consciente», o sea por la derecha que nos aportaría, en la contemplación de esta pesada arquitectura eclesial, una explicación convincente y personal de cuanto hemos conocido en el Camino, o si lo hice por el lado izquierdo que representa el «inconsciente» tomando en su realización conocimiento de las realidades desconocidas, pero presentes en nuestro interior desde que nacemos.

Fuera como fuere, la visita no me dejó impresionada, más allá de que un habido monje del Cebreiro que me interpeló creyéndome un rabino al confundir mi kufi con una kipá , por lo demás todo normal.

Aunque cuando esto hacía rememoraba mi anterior visita a este mismo lugar y llegué a hasta este mismo santuario muy tarde, a las 10 de la noche, y en cuyo sacrosanto enclave, en las hospederías del lugar me querían cobrar 60 euros por una noche de cama, por lo cual me puse bajo la protección secular de la iglesia y vine al pórtico de la de esta, viniendo a disputar al profesional mendigo que aquí moraba, la cama y techo, cosa que conseguí tras inconsciente gesto por mí parte al enseñar la faca al cortar un trozo de pan para aliñar el queso, que tenía como cena

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Ahora llegábamos a la población en buena hora, la de comer y las ganas no me faltaron para hacerlo en algún restaurante, pero ni los dineros me llegaban, ni pedir asilo en el albergue institucional era algo factible viendo la cantidad de pares de botas situadas en la antojana del establecimiento, mejor dejarlo para otra visita.

Como el enclave parece ser tierra de asaltos a mano armada a los peregrinos, que deben de pensar los autóctonos que somos algo así como una chequera andante, busqué con la ayuda de Maki, un lugar al abrigo pero con vistas a toda esta amplia tierra del Caurel, y allí nos instalamos, antes eso sí, de poder ver como retejaban la palloza del lugar a la vieja usanza, tras ello abrimos mesa y mantel sobre la fresca hierba para dar cuenta a de las vituallas que llevábamos transportando para las comidas del medio día.

Fue una bonita comida, con ambiente ventoso, tras lo cual Maki, se fue a tomar el café y el orujo, del cual vino saqueado como es menester, y avisado estaba del asunto, y todavía nos entretuvimos en la contemplación y en la conversa con paseantes y turistas, hasta que ya fue tiempo de levantar el campamento, pues la tarde se echaba encima, y hasta el Alto de Poio, aún nos quedaba un buen rato.

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La verdad es que la salida no estaba muy bien señalizada,, salimos por el camino a los pies de una muy europea cruz funeraria  en cuyo mástil se veían algunas plaquitas de  jacobitas fallecidos, y que si bien parecía que esa era la senda correcta, digamos que medio nos perdimos en la duda, aunque más bien reconocimos la trazada por lo pisado del camino que por su señalización, ¡¡¡Sí Valiña levantara la cabeza, perdimos en sus predios¡¡¡.

Recuperada la senda, una feota y amplia pista ubicada en la norteña ladera del Teso la Cruz, nos fue llevando en claro descenso hacia la Pena de la Verdade, y de ahí en franca bajada hacia la aldea de Linares, en cuyo punto volvimos a recuperar la vieja tradición de ir probando las aguas de la fuentes que nos salieran al paso, cosa la cual ya sería de las ultimas en probar, pues por extraña razón a partir de estos predio la mayoría de las fuentes ya no echaban agua, supongo que por mor de algún encantamiento o maldición.

De Linares fotografiamos su cementerio y tras estos nos fuimos a ganar el Alto de San Roque coronado con otra imponente estatua del San Roque peregrino luchando con el inclemente viento que azota estas cumbrales, la tarde ya iba concluyendo cuando arribanos a los entornos del Hospital, y en cuyos contornos nos indicó una pareja jacobita que el Albergue estaba lleno, y que ellos cogerían un taxi hasta algún lugar cercano, nosotros les dijimos que seguíamos camino y sin más seguimos sin darme cuenta de que la antojana del Albergue nos hubiera venido igual de bien que una cama llena de gente para establecer nuestros vivac.

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En el poblamiento del Hospital, hicimos de nuevo fotos y emprendimos charleta con vecinos, prosiguiendo camino y senda en ascensión hacia las casas de Padornelo, a estas alturas nos venía ya bien cualquier resquicio para dormir, y la recoleta iglesia de Padornelo, hubiera sido un buen lugar para una calurosa noche que nos parecía esperar, pero Maki, que presume de vida de trullo y de vetusto legionario, al ver en el atrio de la iglesiuca las lapidas en el suelo y otras clavada en la pared dijo que allí no dormía por nada el mundo.
O sea que nos vimos forzados a ganar a toda pastilla el Alto de Poico, con un repecho de dura pendiente que nos dejó exhaustos.

Al llegar a la zona ya vimos la concurrencia en el Mesón del Peregrino, al cual nos acercamos a preguntar si había cama, la mirada de la moza y su desairada gesto uy murmuración ya hizo que desistiéramos de cenar en el establecimiento, pues era urgente reponer fuerzas tras unos 33 km andados.

Cruzamos la carretera hasta el otro establecimiento, tan solitario como se muestra en las los desérticas estepas de la películas americanas, y tras estar en la barra del bar unos minutos, un parroquiano, o eso parecía, se nos encaró para preguntar por nuestras necesidades, que eran sobre todo la de una cama, en eso que el mesonero fue decir la cantidad, como haciéndonos un favor, o sea 60 E., 30 E por cabeza y salir por pies ante el trato y la desfachatez del baturro. El cual sabe que va de sobrado, y que la necesidad a esas horas aprieta, y que podía pedir lo que se quiera, pero lo que supongo que no esperaba es que yo saliera escopetado sin darle opción alguna, perdiendo de esta manera cama y cena aunque supongo que le importaría un pepino

Lo cierto es que en Poio no había otra posibilidad, ni una triste pared donde arrimarnos por lo cual la alternativa era o retroceder hasta la iglesiuca de Padornelo, cosa poco estimable para Maki , o tirar camino adelante hacia Fonfría, lo cierto es que la tarde se nos había ido de la manos en contemplaciones y charletas con unos y otros.

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Le dije a Maki, que si veía un buen lugar en un lateral del camino o andadera tiraría el saco, pues teníamos que realizar unos 8 km más, lo cual suponía casi que s 2 horas más de caminata,

Y sin pensarlo más, nos echamos cumbral abajo hacia el destino marcado, cuando la noche ya era una realidad, nos encontramos tras unas 8 horas de pateo, sin peregrinos alguno desde el Cebreiro ante el Albergue A Reboleira, (Fonfría) que desde un primer momento nos ofrecieron hospitalidad y acogimiento, organizando nuestra instalación para no molestar mucho y que pudiéramos cenar unos bocadillos a la vez que ellos iban limpiando el establecimiento.

Los extranjeros hacia horas que dormitaban, y algunos españoles, pocos, merodeaban con sus cervezas por las frescas terrazas del lugar, dimos cuenta de dos monumentales bocatas y frescas cervezas, y hasta al coleto pudimos echar unos buenos chupitos de buen orujo para resarcirnos de tanta fatiga, mientras contábamos de pe a pa nuestro rutilante peregrinar por tierras astures y leonesas; Camino de la Reliquias, Camino Olvidado hasta dar con el zafio hostelero de Poio en el Camino Francés, al cual le tenían en A Reboleira en gran estima dada su inestimable ayuda para echar de la zona a todo peregrino que se acercaba a sus predios, lo cual redundaba en el llenado y buen servicio de A Reboleira-

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De esta guisa nos echamos a dormir a pierna suelta en A Reboleira.
Víctor Guerra